Durante siglos toleramos que un padre violento invocara la “soberanía doméstica” —su castillo era inviolable, aunque dentro ardieran los gritos de sus hijos—. La evolución moral de la humanidad ha sido comprender que no existe soberanía legítima sobre la dignidad del otro. El criterio es cristalino: el límite de la soberanía no lo determina la fuerza del capricho, sino la vulnerabilidad de quien está bajo su cuidado. La verdadera pregunta para cualquier gobierno no es “¿puedo hacer lo que sea?”, sino “¿esto dignifica a mi pueblo?”. Es responsabilidad sagrada que se mide, siempre, en el rostro de los más vulnerables.
Source: EL Informador January 18, 2026 08:54 UTC