El ayatolá Alí Jamení gobernó Irán con la vigilancia y la brutalidad de un autócrata convencido de que su propio pueblo y la primera potencia mundial pretendían derrocarlo, y al final eso hicieron. Jamení ascendió al poder en 1989 y organizó su existencia en torno a una obsesión con Occidente. Como gobernante, aplastó la disidencia, tachando de “sedición” occidental las exigencias de reformas, y amplió el aparato de inteligencia del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica para reprimir a su propio pueblo. Empobreció a sus ciudadanos para financiar intervenciones extranjeras y un programa nuclear que solo trajo aislamiento a Irán. En el extranjero, su legado es de desestabilización, al haber construido un denominado eje de resistencia a través de Gaza, Irak, Líbano, Siria y Yemen.